Por: Juan Antonio García Borrero
Foto: Tomadas de Internet

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Nuestra página se complace en inaugurar su sección de artículos de temas culturales con la publicación “¿Por qué permanecemos en Camagüey?”, del escritor, ensayista, profesor e investigador camagüeyano Juan Antonio García Borrero. El artículo fue redactado hace unos cuatro años, en los días que antecedieron a la celebración del 500 aniversario de la fundación de la Villa, pero por su coincidencia con las motivaciones de nuestro sitio merece ocupar esta posición fundacional.
Existe un hermoso texto de Martin Heidegger, ¿Por qué permanecemos en la provincia?, que me ha servido para entender un poco mejor la razón de mi temeraria permanencia en Camagüey. En aquellas breves líneas, escritas en los años 30 del siglo pasado, el polémico filósofo alemán anotaba: “En verdad en las grandes ciudades el hombre puede quedarse sólo como apenas le es posible en cualquier otra parte. Pero allí nunca puede estar a solas. Pues la auténtica soledad tiene la fuerza primigenia que no nos aísla, sino que arroja la existencia humana total en la extensa vecindad de todas las cosas”. Tal vez esté allí la clave que, en lo personal, explicaría mi permanencia en esta ciudad que está a punto de festejar sus 500 años. En medio de un mundo que cada vez le rinde más culto a la dispersión, al nomadismo incesante, al desarraigo en sus más insospechadas variantes, permanecer en este sitio cuyo tiempo vital a ratos se diría anclado en el siglo XIX puede parecer un contrasentido. Y, sin embargo (siempre hablando desde lo personal), el gran mérito estaría en la posibilidad que nos brinda de, más allá del vértigo experimentado en la superficie de nuestra era, apreciar con calma el fondo de esta vida que compartimos los humanos de cualquier latitud. Vivir en la misma vieja casona donde nací hace medio siglo me ayuda a encontrar parte del sosiego necesario, a la vez que me hace sentir triplemente insular. Lo he dicho otras veces: vivo en una isla que es esa casa ubicada en la calle Bembeta (San Idelfonso en tiempos de la Colonia española, y con posterioridad Bembeta en honor al patriota camagüeyano Bernabé de Varona Borrero), que a su vez forma parte de otra isla llamada Camagüey, que al mismo tiempo se encuentra ubicada dentro de una isla mayor nombrada Cuba. Paradójicamente, esa sensación de triple insularidad no es, retomando a Heidegger, algo que me aísla, sino todo lo contrario: me ayuda a sentirme orgullosamente camagüeyano en un mundo que a diario se transforma de un modo voraginoso. Eso es lo que llamo permanecer en Camagüey, aunque no se esté físicamente. Ahora mismo la ciudad nos trae revueltos a todos los que vivimos en ella. Y más a quienes, como yo, se formaron al amparo de una cultura cinematográfica que iba a la par de la literaria. Y el revuelo es lógico, pues en vísperas de cumplir su medio milenio de fundada la villa, lo que conocemos como “la calle de los cines” (esa que se extiende desde la Plaza del Gallo hasta llegar a la Plaza de los Trabajadores o La Merced) parece sacada de algún filme bélico. El grueso de los camagüeyanos, enfundados como vamos en nuestro quehacer cotidiano, apenas tiene tiempo de pensar en el Camagüey de mañana, el de nuestros descendientes. Muchos se irritan porque temporalmente la ciudad se ha hecho más laberíntica de lo que ya era (algo que parecía difícil de superar), y exige rodeos enormes para llegar a un sitio que está apenas a diez metros. A mí, en cambio, me ha dado por ir a los lugares donde actualmente se reconstruye el cine Casablanca y tomar fotos casi a diario. Es una manera diferente de ejercer la imaginación eso de ir registrando el impalpable devenir de Camagüey. Comprobar que lo que nos parece idéntico al ayer en realidad es sutilmente distinto. Hablo de fijarnos en lo que llamo las arquitecturas invisibles de la vida que, al final, definen el perfil de nuestra identidad camagüeyana, más allá de los tinajones con que puedan asociarnos. No sé cómo quedará en un futuro “la calle de los cines”. No sé si se aproximará a lo que en un principio soñamos. En lo personal, he tenido la suerte y el indiscutible privilegio de caminar por algunas de las calles y plazas más famosas del mundo, y por otras quizás no tan célebres, pero que en el plano personal tienen una carga emotiva que -cosas del corazón- uno jamás podría argumentar de un modo coherente; mas, cuando imagino el futuro Camagüey, llega a mi mente un lugar distinto a todos esos. No digo ni mejor ni peor, sólo distinto y, por ello mismo, único. Orgullosamente único. No puedo asegurar que en un futuro no termine devorada por esas luces de neón que la harían parecerse a la gran villa global en que, poco a poco, se va convirtiendo el planeta. Pero en el fondo seguirá siendo diferente a todas las ciudades del mundo. Podré irme de ella, incluso, pero Cavafis seguiría teniendo razón: “Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares. La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo y en estas mismas casas encanecerás”. No es provincianismo barato. Siempre que he llegado a otros sitios he terminado descubriendo que me he llevado a Camagüey conmigo. Camagüey es, para mí, una droga, y en casos así está permitido alucinar. Y hasta asegurar que se ha arribado a la otra orilla de la realidad, a esa que, por suerte, nunca alcanzaremos a llegar porque es la orilla que nos invita a seguir soñando mientras estemos vivos. De ahí que para empezar a hablar de Camagüey hace mucho hiciera míos estos preciosos versos de la poeta matancera Laura Ruiz Montes, que describen “el vicio de haberme quedado aquí / la enfermedad mortal de seguir quedándome”.

Datos del autor: Juan Antonio García Borrero
Escritor, ensayista, profesor e investigador cubano (Camagüey, 8 de septiembre de 1964). Miembro de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica desde 1999. Ha ganado en tres ocasiones el Premio Nacional de la Crítica Literaria, en ocho ocasiones el Premio Caracol a la mejor investigación o crítica del año, y en el 2004 el Premio Internacional de Ensayo de la revista “Temas. Su blog “Cine cubano, la pupila insomne” fue creado en el 2007, y se ha convertido en uno de los principales foros de debate del audiovisual realizado por cubanos. Es uno de los fundadores del Taller Nacional de Crítica Cinematográfica de Camagüey y su coordinador de las sesiones teóricas (1993-2015). En el 2000 dirigió en La Habana la Primera Muestra de Nuevos Realizadores cubanos. Ha impartido conferencias en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, el Instituto Superior del Arte y en diversas universidades del mundo (Estados Unidos, Francia, España, Argentina, Colombia) y ha sido jurado de varios festivales internacionales de cine (Viña del Mar, Huesca, Lima, Piracicaba, La Habana).
En el año 2009 obtuvo la Beca “Razón de Ser” concedida por la Fundación Alejo Carpentier (Cuba) con el fin de concluir el libro “Hasta cierto Titón”, una biografía intelectual de Tomás Gutiérrez Alea que aún permanece inédita. Asimismo en el 2006 le fue concedida por la Fundación Carolina (Madrid, España) una beca para investigar la representación de la emigración española en el cine cubano. Por otro lado, en el 2011 su blog “Cine cubano, la pupila insomne” obtuvo el auspicio académico de "Cuban and Caribbean Studies Institute” y el “Stone Center for Latin American Studies” de la Universidad de Tulane (Nueva Orleans).